La pasión de Bastian Baltasar Bux eran los libros. […]
Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros! ¡Tenía que conseguirlo, costase lo que costase! […]
Ahora se daba cuenta de que precisamente por aquel libro había entrado allí, de que el libro lo había llamado de una forma misteriosa porque quería ser suyo, porque, en realidad, ¡le había pertenecido siempre!
Antes de darse cuenta de lo que hacía, se había metido muy deprisa el libro bajo el abrigo y lo sujetaba contra el cuerpo con ambos brazos. Sin hacer ningún ruido, se dirigió a la puerta de la tienda andando hacia atrás y mirando entretanto temerosamente a la otra puerta, la del despacho. Levantó el picaporte con cautela. Quería evitar que las campanillas de latón sonaran y abrió la puerta de cristal solo lo suficiente para poder deslizarse por ella. Silenciosa y cuidadosamente cerró la puerta por fuera. Y solo entonces comenzó a correr.
Los cuadernos, los libros del colegio y la caja de lápices saltaban y tableteaban en su carrera al ritmo de sus piernas. Le dio una punzada en el costado, pero siguió corriendo.
La lluvia le resbalaba por la cara, metiéndosele por el cuello. El frío y la humedad le calaban el abrigo, pero Bastian no lo notaba. Sentía calor, y no era solo de correr.
Su conciencia, que antes, en la tienda, no había dicho esta boca es mía, se había despertado de repente. Todas las razones que habían sido tan convincentes le parecieron de pronto totalmente increíbles, y se fundieron como monigotes de nieve bajo el aliento de un dragón. Había robado. ¡Era un ladrón!
Michael Ende, La historia interminable, Alfaguara

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